By David Magallanes • Guest contributor
This morning I woke up to the disconcerting news that our national debt had attained an ominous level: $40 trillion dollars (that’s $40,000,000,000,000). Sure, it sounds like a lot of money, but what exactly does that portend for us, our children, and our grandchildren?
Lots of bad things, as it turns out. Apparently, the United States can bury itself in debt just as individuals can. What happens when we as individuals find ourselves drowning in debt?
Our credit rating drops because we can no longer be trusted with fiscal management. So too the United States.
When we are paying off debt, we are contributing not only a portion of our income (our revenue) to repay the debt principal, but also the potentially burgeoning interest that the banks are charging us. Hence, we have increasingly less cash for the important things in our lives (such as houses and food), and even less for discretionary and “fun” spending. So too the United States.
For our country, the “important things” are benefits that are paid out, such as Social Security, Medicare, healthcare, care of veterans, and a variety of safety net programs (such as unemployment, childcare, food assistance). Social Security and Medicare are two very expensive programs that are increasingly serving more and more baby boomers while younger generations are paying less and less into the system. Kicking so many of our immigrant workers out of the country is not helping.
A frightening statistic tells us that our interest payments alone on the national debt are equivalent to what we are spending on Medicare, which is behind only Social Security in terms of money being spent by our government. Our debt interest payments far exceed what we spend on children’s programs. In fact, we are spending more on national debt interest than we are on national defense. That alone is a sobering thought, especially considering the fiscal and munitions hole we are digging for ourselves as the war with Iran drags on.
Politicians are proud to say that they are lowering our taxes. Those promises assure them more votes. But lower taxes mean less revenue, thereby exacerbating the fiscal doom we are creating for ourselves.
Our young people are already experiencing a much more challenging life than we boomers experienced during those prosperous years after World War II. The crushing national debt that we have now, which continues growing apparently unabated, will challenge the younger generations even further while no one in Congress dares being torched by touching that third rail of fiscal responsibility.
At some point, as the national debt spirals out of control, younger people, and possibly even we seniors, will be forced to accept either fewer services or higher taxes or both if we are to survive at all. Our country will have to stop spending like there’s no tomorrow, since if we don’t find the discipline to do so, there won’t be much of a “tomorrow” to look forward to.
— David Magallanes is a retired professor of mathematics.
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Deuda Nacional: ¿Deberíamos Preocuparnos?
Por David Magallanes • Columnista invitado”
Esta mañana me desperté con la desconcertante noticia de que nuestra deuda nacional había alcanzado un nivel alarmante: 40 millones de millones de dólares ($40,000,000,000,000). Ciertamente, parece una cifra enorme, pero ¿qué implica exactamente para nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos?
Resulta que conlleva muchas consecuencias negativas. Al parecer, Estados Unidos puede endeudarse hasta el cuello, tal como lo hacen los individuos. ¿Qué sucede cuando, a nivel individual, nos vemos ahogados por las deudas?
Nuestra calificación crediticia cae porque ya no se confía en nuestra capacidad de gestión financiera. Lo mismo le ocurre a Estados Unidos.
Al pagar una deuda, no solo destinamos una parte de nuestros ingresos a amortizar el capital principal, sino también a cubrir los intereses—que pueden llegar a acumularse—que nos cobran los bancos. En consecuencia, disponemos de menos efectivo para las cosas importantes de la vida (como la vivienda y la alimentación) y aún menos para gastos discrecionales o de ocio. Lo mismo sucede con Estados Unidos.
Para nuestro país, las “cosas importantes” son las prestaciones sociales, como la Seguridad Social, Medicare, la atención sanitaria, la asistencia a los veteranos y diversos programas de protección social (como el seguro de desempleo, el cuidado infantil y la ayuda alimentaria). La Seguridad Social y Medicare son dos programas sumamente costosos que atienden a un número creciente de miembros de la generación de los “baby boomers”, mientras que las generaciones más jóvenes aportan cada vez menos al sistema. Expulsar a tantos trabajadores inmigrantes del país no ayuda en absoluto.
Una estadística alarmante revela que los pagos de intereses de la deuda nacional equivalen por sí solos a lo que gastamos en Medicare, programa que ocupa el segundo lugar—solo por detrás de la Seguridad Social—en cuanto a gasto público. Los intereses de nuestra deuda superan con creces el gasto destinado a programas para la infancia. De hecho, gastamos más en intereses de la deuda nacional que en defensa nacional. Este dato por sí solo invita a una seria reflexión, especialmente si consideramos el agujero fiscal y el enorme gasto en armamento en el que nos estamos hundiendo a medida que se prolonga la guerra con Irán.
Los políticos se enorgullecen de anunciar rebajas fiscales, ya que tales promesas les garantizan más votos. Sin embargo, unos impuestos más bajos implican menores ingresos, lo que agrava la catástrofe fiscal que nosotros mismos estamos provocando.
Nuestros jóvenes ya se enfrentan a una realidad mucho más difícil que la que vivimos nosotros, los “baby boomers”, durante los años de prosperidad posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La abrumadora deuda nacional que tenemos actualmente, y que sigue creciendo al parecer sin freno, supondrá un desafío aún mayor para las generaciones más jóvenes, mientras nadie en el Congreso se atreve a sufrir las consecuencias políticas de abordar el tema de la responsabilidad fiscal.
Llegará un momento en que, a medida que la deuda nacional se descontrole, los jóvenes—y posiblemente incluso nosotros, los mayores—nos veremos obligados a aceptar una reducción de servicios, un aumento de impuestos o ambas cosas si queremos sobrevivir. Nuestro país tendrá que dejar de gastar como si no hubiera un mañana, ya que, si no encontramos la disciplina necesaria para hacerlo, no habrá mucho “mañana” que esperar.
– – David Magallanes es un profesor jubilado de matemáticas.
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