By David Magallanes • Guest contributor
We can never accuse President Trump of having small ambitions. After all, he recently sought a Nobel Peace Prize, though to no avail. But even more monumentally, so to speak, he has not denied seeking to have his visage carved into and enshrined forever on Mt. Rushmore in South Dakota.
In 2018, Trump undertook what he considered a serious conversation with South Dakota Governor Kristi Noem about that very possibility. That friendly chat has blown up to become one of MAGA’s highest aspirations.
Trump being Trump, he has provided his followers with god-like images of his face on the mountain along with four truly iconic former presidents. Bills have been introduced to get those chisels and ropes moving on the granite rocks of the Black Hills. The objective is to construct Trump’s 60-foot-tall mug with a 21-foot nose on the side of the mountain and leave it stand for the next few thousand years so that…uhm…he will never, ever leave us.
There’s just one little obstacle to all these grandiose ideas that elevate Trump’s ego to lofty heights, however.
The National Park Service resolutely quashed the whole concept, stating that the work of art on Mt. Rushmore was completed, once and for all, as of October 1941. The project took 14 years to complete and almost failed. George Washington’s nose nearly fell off. It was, in a word, a nightmare.
There is no stable granite remaining for more faces, though we never hear that from Trump’s most strident supporters. The only way to even consider the slim possibility of getting Trump’s face up there on hallowed ground would be to make his face tiny compared with the other four—something his ego would never allow.
Perhaps Donald Trump will insist that he should replace Thomas Jefferson. But any attempt to carve another head on the side of the mountain risks the collapse of Abraham Lincoln, which Trump may not mind, as long as he’s convinced that his countenance has a chance to be gazed upon for centuries.
Trump may be convinced that he deserves to be represented on one of the grandest monuments in the U.S., but the laws of physics, as well as norms of common decency and respect, state otherwise.
.— David Magallanes is a retired professor of mathematics.
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¿Monte Trumpmore o Monte Trumpless?
Por David Magallanes • Columnista invitado”
Nunca podríamos acusar al presidente Trump de tener ambiciones modestas. Al fin y al cabo, recientemente aspiró a obtener el Premio Nobel de la Paz, aunque sin éxito. Pero, en una escala aún más monumental—por así decirlo—no ha negado haber intentado que su rostro fuera esculpido y consagrado para siempre en el Monte Rushmore, en Dakota del Sur.
En 2018, Trump mantuvo lo que él consideró una conversación seria con la gobernadora de South Dakota, Kristi Noem, sobre esa misma posibilidad. Aquella charla amistosa ha cobrado tal magnitud que se ha convertido en una de las mayores aspiraciones del movimiento MAGA.
Fiel a su estilo, Trump ha compartido con sus seguidores imágenes que lo presentan casi como una deidad, mostrando su rostro en la montaña junto a los de cuatro expresidentes verdaderamente icónicos. Se han presentado iniciativas legislativas para poner en marcha los cinceles y las cuerdas sobre el granito de las Black Hills. El objetivo es esculpir el rostro de Trump —con una altura de unos 18 metros (60 pies) y una nariz de 6 metros (21 pies)—en la ladera de la montaña y dejarlo allí durante los próximos milenios para que…ejem…nunca, jamás, nos abandone.
Sin embargo, existe un pequeño obstáculo para todas estas ideas grandiosas que elevan el ego de Trump a cotas elevadísimas.
El Servicio de Parques Nacionales descartó rotundamente la idea, afirmando que la obra de arte del Monte Rushmore se dio por terminada, de una vez por todas, en octubre de 1941. El proyecto llevó 14 años y estuvo a punto de fracasar; la nariz de George Washington casi se desprende. Fue, en una palabra, una pesadilla.
No queda granito estable para esculpir más rostros, aunque eso es algo que nunca escuchamos decir a los partidarios más acérrimos de Trump. La única forma de plantearse siquiera la remota posibilidad de colocar el rostro de Trump en ese terreno sagrado sería hacerlo diminuto en comparación con los otros cuatro, algo que su ego jamás permitiría.
Quizás Donald Trump insista en reemplazar a Thomas Jefferson. Pero cualquier intento de tallar otra cabeza en la ladera de la montaña conlleva el riesgo de provocar el derrumbe de la figura de Abraham Lincoln—algo que tal vez no le importe a Trump, siempre y cuando esté convencido de que su semblante podrá ser contemplado durante siglos.
Puede que Trump esté convencido de que merece figurar en uno de los monumentos más grandiosos de Estados Unidos, pero las leyes de la física, así como las normas de decencia y respeto básicos, dictan lo contrario.
– – David Magallanes es un profesor jubilado de matemáticas.
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