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By David Magallanes • Guest contributor
Every morning, I routinely take a few nutritional supplements and prescribed medications. I’ve often found myself wondering: What is the source of the knowledge that makes these items possible? After all, humans have been ingesting supplements and medications for thousands of years.
We may think that the supplements and medications that we take were developed in a high-tech laboratory, possibly even using artificial intelligence (since it seems to be involved in everything now). But in fact, our modern supplements and medications are the product of thousands of years of evolution—a gift to humankind, yes from those laboratories, but also from a past stretching all the way back to our ancestors from the ancient past.
Next time we take an aspirin, let’s take a moment to recognize that even Neanderthals knew well enough to chew on poplar bark, which contains the same active ingredient that is present in modern aspirin. They likely did this to relieve pain from such things as dental abscesses. They likewise appear to have consumed the mold that modern penicillin is made with to enjoy the benefits of a natural antibiotic.
Modern medicine is the result of prior generations experimenting with their own or even their children’s bodies. For example, in 1953, Dr. Jonas Salk tested a vaccination for polio on his children (who were not particularly fond of the experiments). Polio was devastating—maiming, paralyzing and killing thousands of young Americans in the 1950s.
We would be remiss to overlook the rich contributions of indigenous cultures, including our own here in the U.S.
A visit to any Native American cultural center, such as the one here locally at Satwiwa at Rancho Sierra Vista in Newbury Park, conveys to us that the Chumash people of centuries past chewed on bark for medicinal purposes. When hiking through these sacred lands, I’ve noticed the distinct smell of witch hazel. That’s because of—guess what—the witch hazel plant that grows here.
Native Americans pioneered the use of cinchona bark, which contains quinine. Today, quinine is a second-line alternative for treating uncomplicated cases of malaria. This becomes important when we realize that malaria afflicted both colonial and native populations in the U.S. There is reason to believe that colonists benefitted from the knowledge that Native Americans, such as the Powhatan Indians, shared with them.
Some of the critical chemotherapy drugs in use today are derived from the expertise of the practitioners of traditional African medicine.
Likewise, Aboriginal Australians were cognizant of the power of antimicrobials in their native plants. Some of the staples that we rely on today, such as tea tree oil and eucalyptus, were very familiar to the Australian natives.
Although Neanderthal and indigenous populations did not ingest “food supplements” in the modern sense, they intuitively understood the importance of providing the body with a spectrum of nutrients. During the colder seasons, Neanderthals depended on large game for their nutritional needs, whereas they ate plants, seeds, nuts, and wild mushrooms during the warmer months.
Native American nations knew well enough to plant corn, beans, and squash together, at the same time. The beans and corn formed a complete protein, while the squash provided a rich source of Vitamin A, Vitamin C, and healthy fats. Native Americans were masters of what is known as “polyculture farming.”
Medical human ingenuity over millennia has contributed massively to the level of health care that we enjoy today. Our ancestors have bequeathed to us, sometimes at great cost to themselves, a miraculous legacy. That priceless heritage sustains us and our children through medical challenges that in the past made their lives miserable or caused early deaths.
Next time we take a pain reliever or medication to help us sleep or stay alert, let’s give a nod to our ancestors and native peoples throughout the world for their resourcefulness, persistence, and perspicacity.
Note: The traditional and natural remedies highlighted in this article—including historical botanicals like witch hazel and cinchona bark (quinine) to the fungal origins of penicillin—are shared strictly for cultural, historical, and educational interest. This information is not a substitute for professional medical advice, diagnosis, or treatment. Because raw botanicals and natural extracts can interact unpredictably with modern prescription medications or underlying health conditions, always consult your physician or a qualified healthcare provider before introducing any new remedies into your wellness routine.
— David Magallanes is a retired professor of mathematics.
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La Sabiduría Ancestral y Medicinas Modernas
Por David Magallanes • Columnista invitado”
Cada mañana, sigo la rutina de tomar algunos suplementos nutricionales y medicamentos recetados. A menudo me pregunto: ¿cuál es el origen del conocimiento que hace posible la existencia de estos productos? Al fin y al cabo, los seres humanos llevan miles de años ingiriendo suplementos y medicamentos.
Podríamos pensar que los suplementos y medicamentos que consumimos fueron desarrollados en laboratorios de alta tecnología, tal vez incluso utilizando inteligencia artificial (ya que parece estar presente en todo hoy en día). Sin embargo, en realidad, nuestros suplementos y medicamentos actuales son el resultado de milenios de evolución—un regalo para la humanidad que proviene, sí, de esos laboratorios, pero también de un pasado que se remonta a nuestros antepasados ??más lejanos.
La próxima vez que tomemos una aspirina, detengámonos un momento a reflexionar: incluso los neandertales sabían que debían masticar corteza de álamo, la cual contiene el mismo ingrediente activo presente en la aspirina moderna. Es probable que lo hicieran para aliviar el dolor causado, por ejemplo, por abscesos dentales. Asimismo, parece que consumían el moho a partir del cual se elabora la penicilina moderna, aprovechando así los beneficios de un antibiótico natural.
La medicina moderna es el fruto de generaciones anteriores que experimentaron con sus propios cuerpos, e incluso con los de sus hijos. Por ejemplo, en 1953, el Dr. Jonas Salk probó una vacuna contra la poliomielitis en sus propios hijos (quienes no estaban muy entusiasmados, que digamos, con los experimentos). La poliomielitis era devastadora: en la década de 1950, dejó a miles de jóvenes estadounidenses con secuelas físicas, paralizados o incluso les causó la muerte.
Sería un error no reconocer las valiosas contribuciones de las culturas indígenas, incluidas las que existen aquí, en los Estados Unidos.
Una visita a cualquier centro cultural nativo americano—como el que se encuentra en Satwiwa, dentro del Rancho Sierra Vista en Newbury Park—nos revela que, siglos atrás, el pueblo Chumash masticaba corteza con fines medicinales. Al recorrer estas tierras sagradas, he percibido el aroma característico del hamamelis; esto se debe, precisamente, a la planta de hamamelis que crece en la zona.
Los nativos americanos fueron pioneros en el uso de la corteza de quina, que contiene quinina. Hoy en día, la quinina se utiliza como una alternativa de segunda línea para el tratamiento de casos de malaria no complicada. Esto cobra importancia al comprender que la malaria afectaba tanto a la población colonial como a la nativa en los EE.UU. Existen motivos para creer que los colonos se beneficiaron de los conocimientos que los pueblos nativos—como los powhatan—compartieron con ellos.
Algunos de los fármacos quimioterapéuticos fundamentales que se utilizan hoy en día provienen de los saberes de quienes practicaban la medicina tradicional africana.
Del mismo modo, los aborígenes australianos conocían las propiedades antimicrobianas de sus plantas autóctonas. Algunos productos que hoy empleamos habitualmente, como el aceite de árbol de té y el eucalipto, eran bien conocidos por los nativos australianos.
Aunque los neandertales y las poblaciones indígenas no consumían “suplementos alimenticios” en el sentido moderno, comprendían de forma intuitiva la importancia de proporcionar al organismo una gama variada de nutrientes. Durante las estaciones más frías, los neandertales dependían de la caza mayor para cubrir sus necesidades nutricionales, mientras que en los meses más cálidos se alimentaban de plantas, semillas, frutos secos y hongos silvestres.
Los pueblos nativos americanos sabían perfectamente que debían cultivar maíz, frijoles y calabaza juntos, de manera simultánea. Los frijoles y el maíz formaban una proteína completa, mientras que la calabaza aportaba una fuente rica en vitamina A, vitamina C y grasas saludables. Los nativos americanos eran expertos en lo que se conoce como “policultivo”.
A lo largo de milenios, el ingenio humano en el ámbito de la medicina ha contribuido de manera decisiva al nivel de atención sanitaria del que disfrutamos actualmente. Nuestros antepasados ??nos han legado—a veces a un costo muy elevado para ellos mismos—una herencia milagrosa. Este patrimonio inestimable nos ayuda, a nosotros y a nuestros hijos, a afrontar desafíos médicos que, en el pasado, hacían insoportable la vida de las personas o provocaban muertes prematuras.
La próxima vez que tomemos un analgésico, o un medicamento para conciliar el sueño o mantenernos alerta, recordemos a nuestros antepasados ??y a los pueblos nativos de todo el mundo, reconociendo su ingenio, su perseverancia y su agudeza.
Nota: Los remedios tradicionales y naturales mencionados en este artículo—desde plantas medicinales históricas, como el hamamelis y la corteza de quina (fuente de la quinina), hasta el origen fúngico de la penicilina—se presentan exclusivamente con fines culturales, históricos y educativos. Esta información no sustituye el asesoramiento, el diagnóstico ni el tratamiento médico profesional. Dado que las plantas y los extractos naturales pueden interactuar de forma impredecible con medicamentos modernos o con afecciones de salud preexistentes, consulte siempre a su médico o a un profesional de la salud cualificado antes de incorporar cualquier remedio nuevo a su rutina de bienestar.
– – David Magallanes es un profesor jubilado de matemáticas.
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